Yahya Nurul Hudá ‘Emilio Ballesteros’

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    EN EL JARDÍN DEL CORÁN *Yahya Nurul Hudá ‘Emilio Ballesteros’

     

    2-114

    De Allah son el oriente y el occidente; donde quiera que os volváis, allí (encontraréis)

    la faz de Allah. Es cierto que Allah lo abarca todo y no hay nada que escape a Su conocimiento.

    I

     

    Decidme, valles, cuya luz

    el sol tiñe de oro y de encarnados…

    ¿Quién dio a la mariposa ese color

    y puso entre las patas de la araña

    la habilidad de su tejido?

    Bruñe la tarde un palio en que las sombras

    dejan sobre la tierra dibujos singulares.

    La diminuta hormiga porta un grano

    y una lejana nube adopta el cuerpo

    de un caballo al galope.

    En la montaña, un terciopelo malva

    pinta sobre la nieve su mensaje de sangre.

    Una primera estrella anuncia ya la noche.

    ¡Oh, grandeza abismal de todo lo creado!,

    ¿quién puede ser tan crédulo que piense

    que surgió de la Nada?

    Suena en mi corazón la Luz de la Certeza.

     

    2-116

    Aquel que dio principio a los cielos y a la tierra, cuando decreta algo, le basta con decir: ¡Sé! Y es.

     

    II

    ¿Puede una máquina hacer una violeta?

    ¿Pueden mil máquinas? ¿Y un millón?

    No hay gen que salga de un laboratorio

    que pueda hacer vibrar un alma o un latido.

    La evolución jamás podrá engendrar una palabra

    y no hay patrón capaz de hacer sonar

    la flauta de la vida.

    Si alguien alguna vez logró una pisada

    fue porque había un pie.

    La huella que estudiamos

    clasificada en libros y etiquetas

    estaba ya en el Plan que no sabemos.

    Podremos descubrir flores y rocas,

    bichos, teoremas…,

    podremos fabricar torres, motores…,

    clones, mutantes…

    Mas nunca lograremos sacar del barro un grano,

    del agua un ser que vive…,

    del cuerpo, la Palabra…

    Y al fin, por mucho que logremos,

    la Muerte nos espera.

     

    2-153

    No digáis de los que han muerto luchando en el camino de Allah que están muertos, porque están vivos aunque no os deis cuenta.

     

    III

    Siento la presencia en las huellas del camino

    de los que precedieron los pasos que hoy seguimos.

    Siento que mi fuerza se nutre de su fuerza,

    siento que respiro el perfume de sus flores.

    Tal vez en esta rama que acaricia mi mano

    la savia lleva esencia de quien plantó este álamo

    y en la luz que declina

    por entre los laureles

    alguien sembró la gracia de su mirada azul.

    Si están limpias las aguas

    y el manantial aún mana,

    quien los usó sabemos que también los amaba.

    Y si a lo lejos crecen

    los cipreses tan altos

    tienen calor sus hojas

    de quienes los sembraron.